lunes, 7 de junio de 2010

Una Tigresa fiera de serie (Artículo de la revista colombiana Carrusel)



La Tigresa del oriente conquistó YouTube y sumó más de 11 millones de visitas a los videos de sus canciones 'Un nuevo amanecer' y 'En tus tierras bailaré'. ¿Quién es la mujer detrás del gruñido?.

La pinta es contundente: Rubia peróxido, lentes amarillos, párpados violetas, boca de rojo escarlata y un cuerpo de 65 años que se aprieta en las coloridas y reducidas prendas. También un escote. Un perturbador escote. Su nombre, con un sentido estricto de lo literal, es Judith Bustos. Su alias, con el dramatismo apto para una diva, es Tigresa del oriente, una de las especies más exóticas entre la variopinta fauna de YouTube. La estrella freak que logró 11 millones de visitas a su video musical y que ahora, desde la altura de sus plataformas, gruñe y rasga el aire con toda la longitud de sus uñas. La mujer se prepara para el espectáculo.

El barrio se llama La Victoria y queda en Lima (Perú). Es un vecindario clase media de calles agrietadas y pobladas por talleres mecánicos. El sol apenas calienta la piel en este lugar, en el que la casa de Judith se embute entre construcciones ocres. La vivienda tiene tres pisos, en el primero hay un restaurante y en el segundo una peluquería. Ambos son negocios de la familia. Una Judith vestida de tigresa y congelada en un aviso ofrece los servicios de peluquería y spa. Arriba los acordes de un sintetizador alborotan la tarde del viernes.

Leo, el teclista, calienta las falanges sentado en una silla gastada y con el instrumento musical casi en el regazo. El hombre -profesor de música transpirado y con la camisa abierta hasta abajo del pecho- dice que ha estado ensayando todo el día, porque hoy tendrán una presentación importante, quizá la más importante en mucho tiempo. Él acompaña a la Tigresa desde hace años, "desde que nadie la conocía", dice orgulloso y mirando una foto de la artista más joven. Una de las tantas imágenes que empapelan los muros del lugar, que es casi un altar a ella: pelucas, trofeos y fotos, entre geles, tijeras y secadores.

Judith se hace esperar. Vanidad. Detrás de un biombo, que separa su casa de la peluquería, se prepara durante una hora hasta que finalmente sale. Pequeña, de pasos cortos y con una cantidad de maquillaje que parece pesarle en la cara (aún cuando está de civil), saluda con la cabeza un poco gacha, tímida. Como una niña pequeña que recibe la visita. Leo se suelta con una cumbia, mientras Violeta, su asesora de prensa, y Romi, su asistente, celebran con aplausos breves la aparición. Entonces la Tigresa se toma confianza y lanza, exultante, su gruñido, ese sonido que saca rasgado del esófago y que se convirtió en el mantra que repite como sello personal, como rúbrica de su personaje. Todos ríen. El show hace parte de su misma cotidianidad. La Tigresa está animada.

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Para hablar de la Tigresa del oriente, hay que mencionar el video de Un nuevo amanecer, una canción con aires a Desiderata norteña, grabada con cámara casera, bailarinas descoordinadas y una cantante enfundada en ropas felinas que se contonea en medio de la selva -mientras canta y baila con más ganas que ritmo-, y que alcanza su clímax con un bailarín en trusa que menea el trasero, sí, con verdadera gracia. Pero también se tendría que decir que en su corta carrera musical Judith ha posado para revistas, ha sido invitada a varios programas de televisión, la ha entrevistado el corrosivo Jaime Bayly y hasta ha sacado las uñas (lo de Tigresa no es gratis) para sembrarlas, en vivo y en directo, en la cabeza del periodista 'Beto' Ortiz, quien puso en duda su sanidad mental.

Por supuesto, tampoco se podría olvidar que recientemente estremeció una vez más la web con la canción En tus tierras bailaré, en la que junto a Wendy Sulca y Delfín Quishpe (los otros dos monstruos de la canción en YouTube), le dieron voz y cuerpo a uno de los videos más cliqueados.

La iniciativa de reunirlos fue de Micaela Epelbaum, una argentina fanática del mundo bizarro de la web, que los contactó por internet para proponerles que hicieran una canción dedicada a Israel, que fue escrita por ella y sus amigos y cuya música estuvo a cargo de Gaby Kerpel, un reconocido dj argentino. Todo se grabó por separado y se editó en Buenos Aires. El resultado: más de un millón de usuarios en las primeras cuatro semanas. ¿La razón? Quizá es lo divertido que resulta su estética, la manera en que cantan o la misma presencia de estos artistas que terminan por convertirse en los maestros del humor involuntario. Y eso parece ser muy taquillero. Tanto que entre sus fans se cuentan Juanes o la agrupación Calle 13 que, sea dicho de paso, puso en su Twitter: "El mejor junte que he visto. Histórico. Es como si se juntaran Madonna, Lady GaGa y Michael Jackson".

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Son las seis de la tarde y aunque la Tigresa lleva todo el día ensayando, le pide a Leo que toque una canción de Lizandro Mesa, que dedica a estos periodistas colombianos. La personalidad de Judith lejos de ser la de una caprichosa diva reciente, es la de una mujer humilde y absolutamente amable y, por eso, siempre está pendiente de quienes la rodean. "¿Ya almorzaron?", "¿están cómodos?", "¿quieren un pisco sour?", pregunta cada tanto. La Tigresa no es como la pintan.

Judith es madre de dos hijas, abuela de un nieto y tiene un matrimonio agrietado por el tiempo y del que habla poco. También es maquilladora y trabaja para un canal de televisión caracterizando a los personajes del comediante Carlos Álvarez. Un oficio que le dio para pagarles las carreras profesionales a sus dos hijas (una es veterinaria y la otra psicóloga) y que la mantuvo a centímetros de los famosos, aunque a kilómetros de la fama.

Los bailarines calientan. Tres hombres y tres mujeres de no más de 25 años (tigrillos y tigrillas) comienzan a transpirar mientras se miden los pasos frente a los espejos del salón de belleza. La temperatura sube y la piel se hace pegajosa. Ensayan una coreografía de poderosas agitaciones pélvicas. El olor de los cuerpos se concentra y los vidrios se empañan. Ahora el lugar es un pequeño infierno viscoso.

También han llegado algunas amigas de Judith y entre ellas Martha Morán, una mujer en la quinta década que decidió ser poeta y que apenas se presenta entrega un CD con sus versos grabados, para luego, de la nada, lanzarse a declamar con una voz que es casi un lloriqueo. Termina y sus amigas la aplauden y le dicen que muy lindo le salió -aquí se apoya el talento o, al menos, la iniciativa-. La mujer dice que Judith se ha convertido en una inspiración para que mujeres como ella se liberen y se lancen por sus sueños. Una gota de sudor amenaza con desfigurar el rimel. Judith entonces interrumpe y dice que ella realizó su propósito, que finalmente está haciendo lo que siempre quiso y "eso es un mensaje para todas las que quieran hacer realidad sus metas", dispara y luego suelta casi como una confesión: "Yo no sé si canto bien o mal, pero sé que es lo que me gusta hacer". Judith personifica aquello de que algunas extravagancias se premian con fama, pero también es una muestra de que en nuestros tiempos -tiempos 'warholianos'- todos pueden aspirar a ser superestrellas. Los sueños, es verdad, dependen de la voluntad, pero ahora están a un clic de distancia.

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Judith se maquilla para el show y esta vez se marca unas largas líneas negras que van desde el nacimiento de sus cejas hasta sus sienes. También se puso un vestido enterizo, escotado y de minifalda, una peluca de rizos y rubios y un par de botas cuyas plataformas tienen pequeñas luces que se iluminan a cada paso.

Afuera un par de farolas pálidas estiran las sombras y una combi vieja (un microbús) espera a todo el equipo mientras hace carraquear su motor. La Tigresa es la única que se va aparte, en un Volkswagen añejo y de llamaradas pintadas, que es propiedad de Pimpo man, un joven reguetonero de risa fácil, que por estos días grabó con la blonda El reguetón del suri (tema dedicado a un gusano cuyo movimiento parece ser un tanto erotizante) y que también hace las veces de animador en sus shows.

El destino es el Parque de la Reserva, en el centro de Lima, y el evento se llama Expo Amazónica. Allí la Tigresa dará un concierto y la municipalidad la condecorará por representar a la amazonía. Judith entra a su pequeño camerino, se toma un pisco, afina los últimos detalles de su vestuario. Los bailarines se ponen sus uniformes: los hombres una camisa atigrada con pantalón blanco; las mujeres top, tanga y botas.

El público se divide entre los que la aclaman y los que se burlan. Rechiflas y aplausos de 500 personas, que se agolpan en las gradas. La Tigresa entra sonriente y levantando los brazos, luego de dejar atrás a un pequeño enjambre de periodistas. Un grupo de fanáticos en primera fila dispara muchas risas adornadas con pocos dientes y piden su éxito Un nuevo amanecer, pero ella decide iniciar con "una canción para aquellos hombres que no hacen nada: Trabaja, flojo, trabaja", suelta con su voz aguda. La mujer se para en la mitad del escenario, las botas iluminan, el teclado suena, las bailarinas se preparan. Humo. Reflectores. "¡Rico, papi!", dispara la cantante. Con ustedes: la reina de YouTube.

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65 años tuvieron que pasar para que ella esté aquí. Un resumen biográfico diría que nació un 22 de noviembre de 1944, en medio de la selva, pues su padre trabajaba para una empresa cauchera. Tuvo 15 hermanos y cuando cumplió 7 años se fue con su familia a vivir a un caserío. Luego, en su adolescencia, quiso conocer la ciudad y se fue a vivir a Lima, en donde la recibieron unos familiares que la obligaron a convertirse en su empleada doméstica.

Entre los oficios de la casa, Judith comenzó a soñar con ser cantante, pero pasaron cuatro años de trabajo duro para que se animara a escaparse con el fin de participar en un concurso de canto que se anunciaba por radio. Ganó, pero la escucharon sus patrones y la reprimenda fue terrible. Luego se fugó a la casa de una vecina, que también la empleó para los mismos oficios, pero que le permitió estudiar estética en su tiempo libre. Con más desespero que amor, a los 19 años decidió casarse para comenzar una nueva vida.

Con la oposición de su pareja empezó a trabajar como maquilladora. Se empleó, pasó por varios canales de televisión y aplazó su intención de ser artista. Los años se sucedieron, hasta que a la edad de 60 años se dijo que era ahora o nunca. Entonces escribió una canción y con algunos soles ahorrados la grabó en un CD. En las estaciones de radio se negaron a pasarla y ella perdió el ímpetu, hasta que Zózimo Franco Valverde, un amigo suyo, le insistió en que grabaran el video en Iquitos aprovechando un viaje que él realizaría. Ese video alguien -ella no sabe quién- lo subió a YouTube y el resto es la historia que ya conocen.

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La Tigresa está exhausta del recital. Mañana hará una presentación en una discoteca gay (se ha convertido en un ídolo de la comunidad). También tiene algunas entrevistas pendientes. Su agenda es apretada, hay mucho trabajo, aunque no necesariamente mucho dinero. El cheque más gordo que le ha llegado fue en el 2007, cuando firmó con Warner Music. Con el que compró un carro, un Toyota Corolla, que no sabe manejar.

Pero Judith, lejos de ambicionar más, está satisfecha con lo que ha logrado, con los lugares que ha visitado (estuvo en Chile y en México y prepara una gira por Argentina y Venezuela), con la atención que ha recibido, pero sobre todo con poder hacer lo que siempre quiso.

Ahora pasa un algodón despacio por sus pómulos. Se quita el maquillaje. Dice que hasta ha recibido propuestas políticas y que en octubre se lanzará como regidora por el partido Acción Popular (a recordar: esto es Latinoamérica), luego resopla. Se mira al espejo, se limpia el sudor y sonríe para sugerirme que debo escuchar su nueva producción musical. En el reflejo del cristal queda una Judith en silencio, contemplándose.

La Tigresa, parece, está soñando una vez más.

Por Julian Isaza

Vía | Carrusel